AnalÃtica
En estos dÃas de ajetreo y desconexión, cualquier momento es bueno para hacer amigos. TenÃa como marcalibros en mi ejemplar de Los tres estigmas de Palmer Eldritch un volante de Asisa para unos análisis. Hace un par de dÃas la suerte quiso que se manchara de gazpacho mientras comÃa para desdoblarlo y recordar mi cita pendiente con la aguja. Asà que busqué el centro de análisis clÃnicos de Asisa más cercano a mi casa, y después de confirmar por teléfono con la que yo creà enfermera y/o recepcionista que no tenÃa demasiadas ganas de hablar, esta mañana llamaba al timbre a las 7:45 h.
La primera impresión al entrar en el piso fue bastante inquietante por varias razones. La distribución del apartamento, bastante antiguo, era desconcertante y anárquica. El recibidor parecÃa tener vÃas infinitas a espacios infinitos que se multiplicaban en miniespacios y recovecos irregulares, con gran cantidad de muebles y objetos de todos los tamaños y todos los tipos en demasiado poco espacio.
Me abrió la puerta una señora mayor demasiado pequeña y muy entrañable con un extraño atuendo blanco que nunca habÃa visto en un centro de análisis. Lo primero que encontré fue un salón con una mesa de desayuno, tostadas, té, mantequilla y yogures y la banda sonora de 7 novias para 7 hermanos a toda pastilla.
Pero lo que me inquietó de verdad fue ver el intrumental, los tubos y una silla de oficina con ruedas y el apoya-brazo adaptado en un espacio indefinible que debió ser una cocina algún dÃa y que tenÃa una decoración entre manga, cine negro y Blade Runner. Espeluznante y a la vez increÃblemente atrayente. Lo curioso era que la señora parecÃa la cuñada del milagroso Max de La princesa prometida, salvo por el atuendo blanco y el gusto por los musicales.
Me tranquilicé al comprobar que una vez con la aguja en la mano, no le temblaba tanto el pulso, y sabÃa lo que hacÃa. Resultó ser esa abuela que tanto se echa en falta en algunos momentos, como por ejemplo… el de un análisis.
Como siempre, olvidé por completo la muestra de orina, asà que la buena señora me dio agua fresca y conversación hasta que media hora después fui capaz de ir al baño.
Le pregunté porque sonaba siempre el mismo tema de 7 novias para 7 hermanos, y me dijo que estaba intentando pasar la peli de DVD a vÃdeo para un amigo ciego (¿?) pero que no era capaz, que si yo podÃa ayudarla, que su vecino, el que siempre le ayuda en estas cosas y con el ordenador, estaba de vacaciones.
Le dije que no, que yo también tenÃa siempre que pedir ayuda para estos temas.
De alguna forma, nos identificamos y comprendimos. Hablamos de la impotencia que esto produce, de la necesidad de alfabetización tecnológica, de lo que cuesta avanzar en soledad pero también de las alegrÃas que da cuando sale bien, de cómo la vida es más fácil, más rica y más placentera, de la cantidad de cosas nuevas que descubre gracias a gente como su vecino.
Asà acabé hablandole de ciberpunk, y le gustó mucho. “Asà se cambia el mundo y no con violencia” me decÃa, “ese es el tipo de espÃritu que necesitamos en este paÃs”. No sé, creo que me entendió y que leerá ciberpunk. Cuando recoja los resultados, comprobaré que estoy sana y que no ha sido un sueño.


