El Mar
Quizás porque mis padres me llevaron cada verano a la costa desde que cumplà un año o quizás porque en otra vida fui ‘Dorada’ o Erizo de Mar, siempre he necesitado mi dosis de Mar cada ciertos meses, sintiendo hasta en el tuétano los sÃntomas de cualquier sÃndrome de abstinencia que se precie. Málaga y Pontevedra fueron muchos años los puntos de acceso. De un tiempo a esta parte, cualquier sitio mÃnimamente agradable donde la tierra se encontrara finalmente invadida por el gigante lÃquido.
Hasta ahora, mi experiencia con las islas habÃa sido lejana y/o escasa y la dosis habitual de Mar se habÃa caracterizado por encuentros ansiosos que si las condicionen lo permitÃan, solÃan consistir en meterme en el agua y no salir durante horas.
Durante esos perÃodos de felicidad, el etorno normalmente determinaba la pérdida de visión del agua en cuanto habÃa que moverse un poco. Pero este mes, en mi descubrimiento de la isla de La Palma estoy experimentando una nueva maravilla que hace que la relación cambie.
Me sorprendo tranquila y feliz sin tener que introducirme en el lÃquido mágico atacada por la ansiedad. El secreto: no perderlo de vista, tenerlo como fondo de escenario constantemente, estar en un espacio geográfico que permite ver el Mar quieras o no, situación ideal cuando siempre querrÃas verlo.
AquÃ, como el reloj de pulsera en muchos casos (no el mÃo) que siempre esta ahÃ, presente en el rabillo del ojo para fijar la vista cuando se necesite, del mismo modo está el mar, mientras tecleas con una maravillosa red wi-fi o mientras cocinas, mientras cenas o te duchas, compras, paseas… o mientras duermes.
Su movimiento contunuo lamiendo la roca negra y brillante, la tierra verde, el Sol y el silencio, hacen que aquà parezca imposible ya no enfadarse, siquiera perturbarse.



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